Ella dijo que se iría y se llevaría
todo lo que fuese de ella,
y en efecto, se fue, y se llevó todas
sus cosas, todo lo que era suyo.
Se llevó todo. Y no me llevó a mi.
Y yo era suyo.
J. Porcupine.
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lunes, 14 de octubre de 2013
jueves, 18 de febrero de 2010
"Kun- fú"
Trémulo y quejumbroso te trajeron a casa a principios de verano. Confieso que al principio no me hacía mucha gracia la idea de tener un gato, y menos un gato agónico y mortecino. Supongo que cambié de parecer cuando, estando sentado en la bodega, viniste a mi. Cojeando, haciendo un gran esfuerzo y olvidando por un momento tu dolor empezaste a jugar con el cordón de mi sudadera. Ambos necesitabamos el calor de una sonrisa.
Poco a poco ibas olvidando tus dolencias. Cada día tenías más apetito ¡Vaya si tenías apetito! Cuando te llevaban galletas con leche te relamías como si fuera lo más rico que hubieses comido nunca pero, tampoco le hacías ascos a un buen taco de jamón. Nunca he visto a nadie que, en proporción, comiese tanto como tú ¡Apenas levantabas un palmo del suelo y ya eras capaz de comerte entera una lata de jamón cocido! Te encantaba. Aunque tampoco podías quejarte, cada vez que podía me acercaba a hurtadillas a darte algo de comer, aparte de lo que ya te ponían. Pero dejé de hacerlo cuando me di cuenta de que todos lo hacíamos, nos gustaba tanto verte comer que siempre nos escondíamos algo de comida en el bolsillo para luego dartelo a escondidas. Sobre todo abuelo, que un día abuela le pillo con medio plato de bacalao escondido en una servilleta, no le pilló por el olor, sino por el lamparón de grasa que crecía por momentos en su pierna.
Pasaste diez días acurrucado en una vieja colcha de flores que te había puesto mi madre en la bodega. Era tu pequeño refugio, tu reino. No salías de allí y así dejabas actuar a la naturaleza, que no tiene un pelo de tonta, para reponerte por completo.
No sabes cuánto me alegré cuando supe que te habías curado por completo y más, cuando fuiste tu quién me lo hizo saber pegando un brinco suicida desde la encimera de la bodega pero... ¡Voilà! El jovencísimo Kung Fu ya se había repuesto por completo, ya no cojeaba y la musicalidad de sus maullidos estremecía el más negro de los corazones y se hacía un hueco en las dependencias de lo imborrable, en mi memoria.
La verdad, amigo, es que como gato no te podías quejar. Vivías a cuerpo de rey "jodio", pero bueno, tampoco te portabas mal como esos gatos maleducados y ariscos que se ven por ahí... hay cada uno...
Tu salida de la bodega forzó tu entrada en la adolescencia y aunque ya habías conocido la amargura de todo aquello que ES nadie esperaba que tu inicio fuera idéntico en formas, pero no en tiempo, a tu final.
Todo era nuevo para ti, te asustabas hasta de las hojas que caían a tu lado.
Septiembre llegó sin avisar y el otoño fue ungiendo al verano, pero a ti eso ni te importaba, incluso parecías disfrutarlo, así las hojas de los carballos no te impedía subirte a las ramas más altas. Cada día más valiente, cada día más alegre, cada día más lozano.
Yo, por mi parte, tuve que volver a Madrid, ya sabes, por temas de la universidad. Pero de vez en cuando le preguntaba a abuela por ti. Al parecer no parabas de darle motivos para refunfuñar y quejarse, ya sabes cómo le gusta. Que si el gato me tira las macetas, que si el gato se come el pienso del perro, que si el gato esto, que si el gato lo otro.
Cada vez que iba al pueblo, que era con poca frecuencia, parecía que me reencontraba con un viejo amigo. Cada vez estabas más grande y hermoso, cada vez maullabas más alto y tu pelo se volvía más radiante por momentos. Me encantaba que al abrir la puerta de la verja, estuvieses donde estuvieses, corrías meneando el rabo para darme la bienvenida.
¿Y qué me dices de lo pesada que era Ana? No te soltaba. Pero bueno, le recordabas mucho a su gatito Benito, por cierto si le ves por ahí dale recuerdos. Pero bueno, tampoco te quejabas, te encantaba tanto abrazo.
Acaba de llegar Ana a casa, y están hablando de ti.
Y qué me dices de cuando te escapabas corriendo de los varazos del "bruxa". O cuando perdías el culo para llegar a la llamada de abuelo ¡¡¡KUUUUNG FÚ!!! Y cuando a escondidas te daba comida por la ventana.
Lucrecia, llegó hace ahora un par de meses y no te negaste a hacer de padrazo. Aunque si te tengo que decir la verdad, esa gatita nunca será como tu, es una arisca. Te echa de menos, está muy desorientada, yo creo que sigue esperando que vuelvas de uno de tus paseos, bueno, tu última escapada.
Kung fu, hoy te digo adiós. Digo adiós a un viejo amigo. A veces me gusta pensar que más allá del camino hay algo más, pero bueno Kung Fu lo cierto es que te vas como viniste, siendo víctima del devenir, del fluir del resto de las ánimas, y lo más triste, por culpa de un desalmado al volante de una cruel máquina de matar.
Descanse En Paz Kung Fu, solo espero que el desalmado que... que arda por siempre en el infierno.
Adiós viejo amigo.
Poco a poco ibas olvidando tus dolencias. Cada día tenías más apetito ¡Vaya si tenías apetito! Cuando te llevaban galletas con leche te relamías como si fuera lo más rico que hubieses comido nunca pero, tampoco le hacías ascos a un buen taco de jamón. Nunca he visto a nadie que, en proporción, comiese tanto como tú ¡Apenas levantabas un palmo del suelo y ya eras capaz de comerte entera una lata de jamón cocido! Te encantaba. Aunque tampoco podías quejarte, cada vez que podía me acercaba a hurtadillas a darte algo de comer, aparte de lo que ya te ponían. Pero dejé de hacerlo cuando me di cuenta de que todos lo hacíamos, nos gustaba tanto verte comer que siempre nos escondíamos algo de comida en el bolsillo para luego dartelo a escondidas. Sobre todo abuelo, que un día abuela le pillo con medio plato de bacalao escondido en una servilleta, no le pilló por el olor, sino por el lamparón de grasa que crecía por momentos en su pierna.
Pasaste diez días acurrucado en una vieja colcha de flores que te había puesto mi madre en la bodega. Era tu pequeño refugio, tu reino. No salías de allí y así dejabas actuar a la naturaleza, que no tiene un pelo de tonta, para reponerte por completo.
No sabes cuánto me alegré cuando supe que te habías curado por completo y más, cuando fuiste tu quién me lo hizo saber pegando un brinco suicida desde la encimera de la bodega pero... ¡Voilà! El jovencísimo Kung Fu ya se había repuesto por completo, ya no cojeaba y la musicalidad de sus maullidos estremecía el más negro de los corazones y se hacía un hueco en las dependencias de lo imborrable, en mi memoria.
La verdad, amigo, es que como gato no te podías quejar. Vivías a cuerpo de rey "jodio", pero bueno, tampoco te portabas mal como esos gatos maleducados y ariscos que se ven por ahí... hay cada uno...
Tu salida de la bodega forzó tu entrada en la adolescencia y aunque ya habías conocido la amargura de todo aquello que ES nadie esperaba que tu inicio fuera idéntico en formas, pero no en tiempo, a tu final.
Todo era nuevo para ti, te asustabas hasta de las hojas que caían a tu lado.
Septiembre llegó sin avisar y el otoño fue ungiendo al verano, pero a ti eso ni te importaba, incluso parecías disfrutarlo, así las hojas de los carballos no te impedía subirte a las ramas más altas. Cada día más valiente, cada día más alegre, cada día más lozano.
Yo, por mi parte, tuve que volver a Madrid, ya sabes, por temas de la universidad. Pero de vez en cuando le preguntaba a abuela por ti. Al parecer no parabas de darle motivos para refunfuñar y quejarse, ya sabes cómo le gusta. Que si el gato me tira las macetas, que si el gato se come el pienso del perro, que si el gato esto, que si el gato lo otro.
Cada vez que iba al pueblo, que era con poca frecuencia, parecía que me reencontraba con un viejo amigo. Cada vez estabas más grande y hermoso, cada vez maullabas más alto y tu pelo se volvía más radiante por momentos. Me encantaba que al abrir la puerta de la verja, estuvieses donde estuvieses, corrías meneando el rabo para darme la bienvenida.
¿Y qué me dices de lo pesada que era Ana? No te soltaba. Pero bueno, le recordabas mucho a su gatito Benito, por cierto si le ves por ahí dale recuerdos. Pero bueno, tampoco te quejabas, te encantaba tanto abrazo.
Acaba de llegar Ana a casa, y están hablando de ti.
Y qué me dices de cuando te escapabas corriendo de los varazos del "bruxa". O cuando perdías el culo para llegar a la llamada de abuelo ¡¡¡KUUUUNG FÚ!!! Y cuando a escondidas te daba comida por la ventana.
Lucrecia, llegó hace ahora un par de meses y no te negaste a hacer de padrazo. Aunque si te tengo que decir la verdad, esa gatita nunca será como tu, es una arisca. Te echa de menos, está muy desorientada, yo creo que sigue esperando que vuelvas de uno de tus paseos, bueno, tu última escapada.
Kung fu, hoy te digo adiós. Digo adiós a un viejo amigo. A veces me gusta pensar que más allá del camino hay algo más, pero bueno Kung Fu lo cierto es que te vas como viniste, siendo víctima del devenir, del fluir del resto de las ánimas, y lo más triste, por culpa de un desalmado al volante de una cruel máquina de matar.
Descanse En Paz Kung Fu, solo espero que el desalmado que... que arda por siempre en el infierno.
Adiós viejo amigo.
sábado, 2 de enero de 2010
Anita

Anita es grande y a la vez pequeña. Con alma, según ella, negra, gasta una voz de piel de melocotón y según por qué palo arranque puede hacerte reir o llorar.
Lo que más me gusta de ella es su agresiva humanidad, su calma tolerante y la labor social que desempeña regalando sonrisas a quien sepa aceptarlas.
Cuando anda por la calle, aunque vaya leyendo, su ritmo vá más allá de los primeros compases de "la marcha Radensky". ¡Y que nadie la interrumpa cuando tenga prisa!
Es curiosa y preguntona pero creo que en ese sentido la envidio. No tiene tope si hablamos de aprender, es una autentica esponja, aunque se he de ser sincero, una esponja que de vez en cuando sufre grandes brotes de amnesia.
Es inocente y buena persona, aunque nunca gasta energía en aprender un nombre nuevo, prefiere inventarselo, fantasear con los nombres que podrían, mejor, deberían tener los objetos que le rodean. A veces pienso que me gustaría introducirme en su mundo interior, estoy seguro que todo sería de colores, todo sería como... un cuadro de Dalí.
Si antes dije que lo que más me gustaba de ella era su personalidad tan humana y a la vez tan propia, posiblemente mentía. Según escribo no paro de encontrar en mi mente nuevos adjetivos pero si tengo que agruparlos, todos hablarían de lo bien que asumimos la linealidad del tiempo. Lo nuestro, a diferencia de mucho que he visto por ahí es, digamos como un tiburón, que solo puede nadar hacia adelante, siempre evolucionando hacia nuevos mundos. Sé que es caer en tóipicos manidos pero amigos, es cierto, cada minuto que paso con ella sobrevive. Me cuesta expresarme con claridad, pero es cierto. Cada minuto que paso con ella mata al anterior y lo entierra en mi recuerdo, porque cada minuto que está por venir siempre es mejor que el anterior. Qué te vas a esperar de Anita, solo cosas buenas.
He aqui una declaración de principios ya que con anita creo que he encontrado el fin, es cierto. Espero saber cuidarla tan bien como me cuida ella a mi pero... es imposible. Sé que con esa declaración pierdo mi impronta de tipo duro, pero al fin y al cabo qué atractivos tiene el amor si de vez en cuando no te permites este tipo de licencias.
Espero algún día leer cosas así de todos aquellos que me leáis, feliz año nuevo a todos.
Lo que más me gusta de ella es su agresiva humanidad, su calma tolerante y la labor social que desempeña regalando sonrisas a quien sepa aceptarlas.
Cuando anda por la calle, aunque vaya leyendo, su ritmo vá más allá de los primeros compases de "la marcha Radensky". ¡Y que nadie la interrumpa cuando tenga prisa!
Es curiosa y preguntona pero creo que en ese sentido la envidio. No tiene tope si hablamos de aprender, es una autentica esponja, aunque se he de ser sincero, una esponja que de vez en cuando sufre grandes brotes de amnesia.
Es inocente y buena persona, aunque nunca gasta energía en aprender un nombre nuevo, prefiere inventarselo, fantasear con los nombres que podrían, mejor, deberían tener los objetos que le rodean. A veces pienso que me gustaría introducirme en su mundo interior, estoy seguro que todo sería de colores, todo sería como... un cuadro de Dalí.
Si antes dije que lo que más me gustaba de ella era su personalidad tan humana y a la vez tan propia, posiblemente mentía. Según escribo no paro de encontrar en mi mente nuevos adjetivos pero si tengo que agruparlos, todos hablarían de lo bien que asumimos la linealidad del tiempo. Lo nuestro, a diferencia de mucho que he visto por ahí es, digamos como un tiburón, que solo puede nadar hacia adelante, siempre evolucionando hacia nuevos mundos. Sé que es caer en tóipicos manidos pero amigos, es cierto, cada minuto que paso con ella sobrevive. Me cuesta expresarme con claridad, pero es cierto. Cada minuto que paso con ella mata al anterior y lo entierra en mi recuerdo, porque cada minuto que está por venir siempre es mejor que el anterior. Qué te vas a esperar de Anita, solo cosas buenas.
He aqui una declaración de principios ya que con anita creo que he encontrado el fin, es cierto. Espero saber cuidarla tan bien como me cuida ella a mi pero... es imposible. Sé que con esa declaración pierdo mi impronta de tipo duro, pero al fin y al cabo qué atractivos tiene el amor si de vez en cuando no te permites este tipo de licencias.
Espero algún día leer cosas así de todos aquellos que me leáis, feliz año nuevo a todos.
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